Saturday, August 06, 2011

LAS PROTESTAS NO SON UNA NOSTALGIA DEL PASADO

Hace mucho tiempo que los estudiantes de esta generación de nuevos chilenos ha venido dando la batalla por la integración social, más allá de la pretendida “renovación nacional” de los herederos de las haciendas patronales que hoy detentan el poder; y, por cierto, como una réplica de principios del siglo XIX cuando los inquilinos creían que sus constituciones políticas estaban envueltas en un aura de poder divino. Hoy nadie les cree.
La subordinación de los respetuosos estudiantes durante el régimen autoritario, que se negaban a participar en partidos políticos, hoy ha salido desde la marginalidad para convertirse en el primer actor social en la política chilena.
Piden cambios concretos a la Constitución Política del Estado de Chile heredada de la dictadura, y exigen nada menos que una nueva forma de gobernar… Con este discurso, han dejado de ser las tribus urbanas de principios del XXI, para convertirse en una fuerza transversal que aglutina a todos los sectores involucrados en la educación y otros gremios que han empezado a sentir como suyas las demandas de los educandos.
En otras palabras, exigen a la clase política, la reintegración de los recursos fiscales que en el pasado fueron usurpadas a la sociedad chilena por la derecha golpista; al menos para la educación y demás servicios públicos estratégicos que estaban garantizados por el Estado.
El conflicto estudiantil parece una historia corta en las demandas sociales, pero no es así. La juventud de los años 80 pudo comprobar que el nexo entre civilidad y política no se cumple.
La pretendida “transición a la democracia” finalmente se convirtió en un diálogo de sordos; y los estallidos de protestas con cacerolazos contra el actual gobierno son similares a las protestas que se iniciaron el año 1981.
Las protestas no son una nostalgia del pasado – parecen decirnos los estudiantes–; es la recuperación de la memoria histórica para que los eventos no se vuelvan a repetir.
Héctor Véliz Pérez-Millán 05 agosto de 2011
Escritor

Thursday, August 04, 2011

LA DEFENSA DEL TERRITORIO MAPUCHE

Los guerreros primigenios eran hechos
de las rocas que caían del cielo…
El musgo que los cubría al tocar tierra
era su amor para la patria.
hvpm

La defensa del territorio era un asunto de vital importancia para los mapuches. Por tanto juzgarla como un oficio de pillaje y mal agüero en la existencia de los pueblos originarios, es un desconocimiento grave que llevó a la ruina a quienes intentaron conquistarlos por las armas. El arte de la guerra en la cultura mapuche era una actividad que comprometía la formación moral, física y territorial de los hombres y para ello debían necesariamente contar con un comandante que guiara con eficacia a sus guerreros.
De esta manera, la existencia de la Nación Mapuche, el espacio de ocupación territorial y su defensa permanente incumbía exclusivamente al Toqui en el campo de batalla, cuyas órdenes y leyes estratégicas debían ser vigiladas por los Ancianos Consejeros, cuya influencia moral comprometía a las tribus del territorio de manera armónica al punto de guiar a sus guerreros en la vida y en la muerte. Este tipo de combatientes siempre dispuestos, sin lugar a dudas se debía a su condición de pueblo nómada, igualitario y recíproco, cuya forma de justicia y rectitud se depositaba en la confianza hacia el buen juicio de los Ancianos Consejeros y los Machis; todo esto unido a la felicidad de luchar junto a los grupos que se reconocían descendientes de un a sola etnia.
En el orden físico de reclutamiento, las tropas para la guerra, era privilegio de los jóvenes, porque en la osadía de la juventud, el pueblo confiaba los peligros de la muerte. Por físico también debe entenderse a la capacidad de luchar en condiciones climáticas y geográficas extremas. Por territorial comprendía si el espacio era transitable, abierto; es decir, con vías de comunicación; o si era cerrado como las quebradas, los pantanos y las montañas, y sobre todo, las perspectivas de vida o muerte en el terreno. Cuando el Toqui empleaba la fuerza de combate, debía reconocer el terreno de antemano para poder planificar su estrategia. Sólo así, podían usar diferentes tácticas de ataque y calcular la fuerza empleada en ese combate. Las condiciones de mando, era lo que concernía al carácter del Toqui, es decir, su audacia, sinceridad, coraje y humanidad, que unido al adoctrinamiento de los guerreros, quienes debían respeto y obediencia a sus instrucciones, daban la fortaleza moral a los guerreros para luchar en las condiciones siempre cambiantes de las imposturas de la guerra. Por adoctrinamiento, se entendía la conciencia de luchar por la integridad del ejército, a través de la administración de los recursos humanos y materiales en el desarrollo de la campaña. Por estas condiciones señaladas, al Consejo de Ancianos le competía juzgar con el máximo cuidado la elección del Toqui, quién debía ser capaz de sacar ventajas del ejército, el terreno y la naturaleza cambiante del clima, para su mejor desempeño.
El arte de la guerra se basó en todo momento en la impostura, porque en cada oportunidad dieron la impresión de cobardía e incapacidad de enfrentar una lucha abierta, lo que exigía a los enemigos una contienda cerrada, es decir, un espacio de muerte para el invasor. Ofrecían cebo al enemigo, enviándolos más al sur en busca del oro de la Ciudad de los Césares, y cuando lo agotaban en el laberinto vegetal, lo golpeaban.
Las informaciones interminables de posibles ataques, mantenían tensos a los soldados, al extremo de provocar un desgaste innecesario de energía esperando un ataque masivo que nunca llegaba, debilitando de este modo el interés por la lucha definitiva, propiciando su interés en la construcción de fuertes que finalmente se convertían en centros de sucesivos ataques mapuches. Nunca quisieron enfrentar una batalla decisiva porque la pérdida de guerreros en un solo enfrentamiento, sería una prueba de fuerza que no daría tiempo a lamentaciones. Esta estrategia era la forma de mantener al cuerpo del enemigo dividido, defendiendo fortalezas en territorios aislados, sin vías de comunicación.
Cuando los soldados concentraban sus fuerzas en un punto, los guerreros lo evitaban, dispersando sus fuerzas, es decir, debilitando el golpe y de esta manera, provocaban al capitán, confundiéndolo. De esta manera, se conmovía su autoridad y al avanzar irritado sobre los grupos guerreros, sin ningún plan, quedaba a expensas de la guerrilla. Los mapuches aparentaban inferioridad al extremo de aumentar la arrogancia de los soldados, quienes confiados en su pretendida superioridad, se dejaban enamorar fácilmente por mujeres y servidores, debilitándose su atención.
Los soldados invasores, al despreciarlos como simples grupos nómadas sin estructura política y social; y al sufrir las primeras derrotas, no sabían que estaban luchando con un ejército agro-militar, donde la doctrina consistía en la defensa del territorio como un todo. Generalmente las operaciones bélicas requerían miles de soldados todos cubiertos de cueros o latones, armados de todo tipo de artilugios y caballos tirados desde lejanías imposibles de soportar, además se le agregaban asistentes y servidores que se ocupaban de la manutención de las tropas, es decir, buscar alimentos para los hombres y los animales. Sin duda que estar preparado de antemano era requisito indispensable entre los Toquis, y esto lo conseguían preparándose para la batalla. Y los invasores acostumbrados en el asalto a ciudades, pero no estaban preparados tomar un “Estado Primitivo”, cuyo pueblo nómada y combatiente no les dio lugar a tomar posesión sino a su propio desastre.
Pues, en esta parte del mundo, los invasores no pudieron aplicar sus tácticas de combate porque al no contar con los recursos de abastecimiento, el hambre y las enfermedades hicieron el trabajo de acabar con sus fuerzas, y una vez diezmados por la derrota, escapaban desesperados a las rucas, entregando sus mujeres, consideradas los mayores trofeos de guerra para los aborígenes. La humillación por el triunfo mapuche sobre sus mujeres embarazadas les hacía comprender, que las riquezas y el poder con que soñaron, no era sino un mito como la Fuente de la Eterna Juventud que les hizo morir congelados entre los parajes de la Cordillera.
En consecuencia, como las tribus eran ambulantes, fácilmente podían sitiar un fuerte, donde la agricultura y la ganadería para el sustento de la población era una práctica imposible. Este era el arte de la guerra ofensiva, practicada con la paciencia de quienes se concebían a sí mismos como los hombres de la tierra. Estas circunstancias sin duda terminaron por arruinar el tesoro del Estado invasor. Y así queda demostrado que quienes apostaron a la avaricia de soldados sanguinarios con prácticas de guerra sucia, eran ignorantes de las prácticas de defensa del territorio mapuche. Con el envío de vasallos crueles, que exigían normas de etiqueta en el campo de batalla sólo consiguieron confundir al ejército, hacerse odiar por sus lugartenientes y finalmente, entregar la victoria al enemigo.

Extracto del libro: “Nación Mapuche, Territorio y Cultura”
Capitulo: Defensa
®Derecho de Propiedad Intelectual
Nro110.211
Ediciones Mentanegra.
Autor: Héctor Véliz Pérez-Millán

LA DEFENSA DEL TERRITORIO MAPUCHE

Los guerreros primigenios eran hechos
de las rocas que caían del cielo…
El musgo que los cubría al tocar tierra
era su amor para la patria.
hvpm

La defensa del territorio era un asunto de vital importancia para los mapuches. Por tanto juzgarla como un oficio de pillaje y mal agüero en la existencia de los pueblos originarios, es un desconocimiento grave que llevó a la ruina a quienes intentaron conquistarlos por las armas. El arte de la guerra en la cultura mapuche era una actividad que comprometía la formación moral, física y territorial de los hombres y para ello debían necesariamente contar con un comandante que guiara con eficacia a sus guerreros.
De esta manera, la existencia de la Nación Mapuche, el espacio de ocupación territorial y su defensa permanente incumbía exclusivamente al Toqui en el campo de batalla, cuyas órdenes y leyes estratégicas debían ser vigiladas por los Ancianos Consejeros, cuya influencia moral comprometía a las tribus del territorio de manera armónica al punto de guiar a sus guerreros en la vida y en la muerte. Este tipo de combatientes siempre dispuestos, sin lugar a dudas se debía a su condición de pueblo nómada, igualitario y recíproco, cuya forma de justicia y rectitud se depositaba en la confianza hacia el buen juicio de los Ancianos Consejeros y los Machis; todo esto unido a la felicidad de luchar junto a los grupos que se reconocían descendientes de un a sola etnia.
En el orden físico de reclutamiento, las tropas para la guerra, era privilegio de los jóvenes, porque en la osadía de la juventud, el pueblo confiaba los peligros de la muerte. Por físico también debe entenderse a la capacidad de luchar en condiciones climáticas y geográficas extremas. Por territorial comprendía si el espacio era transitable, abierto; es decir, con vías de comunicación; o si era cerrado como las quebradas, los pantanos y las montañas, y sobre todo, las perspectivas de vida o muerte en el terreno. Cuando el Toqui empleaba la fuerza de combate, debía reconocer el terreno de antemano para poder planificar su estrategia. Sólo así, podían usar diferentes tácticas de ataque y calcular la fuerza empleada en ese combate. Las condiciones de mando, era lo que concernía al carácter del Toqui, es decir, su audacia, sinceridad, coraje y humanidad, que unido al adoctrinamiento de los guerreros, quienes debían respeto y obediencia a sus instrucciones, daban la fortaleza moral a los guerreros para luchar en las condiciones siempre cambiantes de las imposturas de la guerra. Por adoctrinamiento, se entendía la conciencia de luchar por la integridad del ejército, a través de la administración de los recursos humanos y materiales en el desarrollo de la campaña. Por estas condiciones señaladas, al Consejo de Ancianos le competía juzgar con el máximo cuidado la elección del Toqui, quién debía ser capaz de sacar ventajas del ejército, el terreno y la naturaleza cambiante del clima, para su mejor desempeño.
El arte de la guerra se basó en todo momento en la impostura, porque en cada oportunidad dieron la impresión de cobardía e incapacidad de enfrentar una lucha abierta, lo que exigía a los enemigos una contienda cerrada, es decir, un espacio de muerte para el invasor. Ofrecían cebo al enemigo, enviándolos más al sur en busca del oro de la Ciudad de los Césares, y cuando lo agotaban en el laberinto vegetal, lo golpeaban.
Las informaciones interminables de posibles ataques, mantenían tensos a los soldados, al extremo de provocar un desgaste innecesario de energía esperando un ataque masivo que nunca llegaba, debilitando de este modo el interés por la lucha definitiva, propiciando su interés en la construcción de fuertes que finalmente se convertían en centros de sucesivos ataques mapuches. Nunca quisieron enfrentar una batalla decisiva porque la pérdida de guerreros en un solo enfrentamiento, sería una prueba de fuerza que no daría tiempo a lamentaciones. Esta estrategia era la forma de mantener al cuerpo del enemigo dividido, defendiendo fortalezas en territorios aislados, sin vías de comunicación.
Cuando los soldados concentraban sus fuerzas en un punto, los guerreros lo evitaban, dispersando sus fuerzas, es decir, debilitando el golpe y de esta manera, provocaban al capitán, confundiéndolo. De esta manera, se conmovía su autoridad y al avanzar irritado sobre los grupos guerreros, sin ningún plan, quedaba a expensas de la guerrilla. Los mapuches aparentaban inferioridad al extremo de aumentar la arrogancia de los soldados, quienes confiados en su pretendida superioridad, se dejaban enamorar fácilmente por mujeres y servidores, debilitándose su atención.
Los soldados invasores, al despreciarlos como simples grupos nómadas sin estructura política y social; y al sufrir las primeras derrotas, no sabían que estaban luchando con un ejército agro-militar, donde la doctrina consistía en la defensa del territorio como un todo. Generalmente las operaciones bélicas requerían miles de soldados todos cubiertos de cueros o latones, armados de todo tipo de artilugios y caballos tirados desde lejanías imposibles de soportar, además se le agregaban asistentes y servidores que se ocupaban de la manutención de las tropas, es decir, buscar alimentos para los hombres y los animales. Sin duda que estar preparado de antemano era requisito indispensable entre los Toquis, y esto lo conseguían preparándose para la batalla. Y los invasores acostumbrados en el asalto a ciudades, pero no estaban preparados tomar un “Estado Primitivo”, cuyo pueblo nómada y combatiente no les dio lugar a tomar posesión sino a su propio desastre.
Pues, en esta parte del mundo, los invasores no pudieron aplicar sus tácticas de combate porque al no contar con los recursos de abastecimiento, el hambre y las enfermedades hicieron el trabajo de acabar con sus fuerzas, y una vez diezmados por la derrota, escapaban desesperados a las rucas, entregando sus mujeres, consideradas los mayores trofeos de guerra para los aborígenes. La humillación por el triunfo mapuche sobre sus mujeres embarazadas les hacía comprender, que las riquezas y el poder con que soñaron, no era sino un mito como la Fuente de la Eterna Juventud que les hizo morir congelados entre los parajes de la Cordillera.
En consecuencia, como las tribus eran ambulantes, fácilmente podían sitiar un fuerte, donde la agricultura y la ganadería para el sustento de la población era una práctica imposible. Este era el arte de la guerra ofensiva, practicada con la paciencia de quienes se concebían a sí mismos como los hombres de la tierra. Estas circunstancias sin duda terminaron por arruinar el tesoro del Estado invasor. Y así queda demostrado que quienes apostaron a la avaricia de soldados sanguinarios con prácticas de guerra sucia, eran ignorantes de las prácticas de defensa del territorio mapuche. Con el envío de vasallos crueles, que exigían normas de etiqueta en el campo de batalla sólo consiguieron confundir al ejército, hacerse odiar por sus lugartenientes y finalmente, entregar la victoria al enemigo.

Extracto del libro: “Nación Mapuche, Territorio y Cultura”
Capitulo: Defensa
®Derecho de Propiedad Intelectual
Nro110.211
Ediciones Mentanegra.
Autor: Héctor Véliz Pérez-Millán